Ciudades florecientes, campos bien labrados y cuidadosamente sembrados, ocupan ahora las regiones en que, apenas hace diez aÐos, se alzaban bosques impenetrables cuyas ramas seculares, solo dejaban penetrar a duras penas los rayos del sol, y cuyas inexploradas profundidades cobijaban animales de todas clases, sirviendo al paso de guarida a hordas de indios nÑmadas, cuyas costumbres belicosas hacÕan resonar con frecuencia el grito de guerra bajo aquellas bÑvedas majestuosas de ramas y de hojarasca.
Hoy los bosques han caÕdo; sus sombrÕos habitantes, rechazados paulatinamente por la civilizaciÑn que les persigue sin tregua ni descanso, han huido paso a paso delante de ella; han ido a buscar a lo lejos otros retiros màs seguros, llevàndose consigo los huesos de sus padres a fin de que no fuesen desenterrados y profanados por la desapiadada reja del arado de los blancos, que traza su largo y productivo surco sobre sus antiguos territorios de caza.
Este desmonte continuo, incesante, del continente americano Ëserà un mal? No por cierto; al contrario, el progreso, que marcha a pasos agigantados y tiende a trasformar antes de un siglo el suelo del Nuevo Mundo, merece todas nuestras simpatÕas. Sin embargo, no podemos menos de experimentar un sentimiento de dolorosa conmiseraciÑn hacia esa raza infortunada puesta brutalmente fuera de la ley, acorralada sin compasiÑn por todos lados, que disminuye de dÕa en dÕa y se ve condenada de un modo fatal a desaparecer muy pronto de aquella tierra, cuyo inmenso territorio, hace todo lo màs cuatro siglos, cubrÕa con sus innumerables masas.